lunes, 30 de enero de 2017

'LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND)' (La La land, 2016)


Contiene spoilers.

'La ciudad de las estrellas (La La Land)' ya se ha ganado su sitio en la Historia del cine. 14 nominaciones a los Oscars, otras muchas candidaturas y galardones en distintos gremios del sector y una aceptación casi unánime tanto de la crítica como del público han hecho de la película de Damien Chazelle todo un fenómeno cinematográfico. 

De nuevo, volvemos a hablar de la resurreción del género musical que acumula la misma cantidad de seguidores y de detractores. Lo cierto es que el musical, siempre ha estado ahí, en un segundo plano, pero firme. Eso sí, hay ocasiones en las que surgen películas como esta que van algo más lejos y que ofrecen al espectador algo que parece nuevo.

La visión que tiene Damien Chazelle sobre el éxito es algo perturbadora, incluso puede parecer enfermiza. Así lo mostró en 'Whiplash', con unos personajes que se dejaban la vida y casi la cordura por culpa de la ambición y por su obsesión por el perfeccionismo. Su obsesión les aisla de la sociedad, incluso los enagena. El ritmo de 'Whiplash' es impresionante y el virtuosismo de su parte final con ese montaje y movimientos de cámara hacen que el espectador mire casi hipnotizado la pantalla y sienta el ritmo de cada golpe. Un chute de adrenalina con trampa, ya que el éxito no asegura la felicidad.

En 'Whiplash' Chazelle nos marcaba el tempo de la música, ahora nos hace bailar con ella. La idea del éxito también la recupera en 'La la land'. La trama es sencilla, pero no simple. Chico y chica se conocen y se enamoran. Cantan, bailan, rien, lloran y sueñan en la ciudad en la que todo es posible.

Mia (Emma Stone) es una aspirante a actriz que está cansada de ir a audiciones para no conseguir ningún papel. Sebastian (Ryan Gosling) es un pianista de jazz que sueña con tener su propio local en el que suene un jazz puro y sin adulterar. Se enamoran. Pero en 'La la land' no son todo canciones alegres, ni vestuarios coloridos enmarcados en bonitos espacios. En Los Ángeles, L.A., hay luces y también hay sombras.

'La la land' comienza con fuerza. Su secuencia inicial resulta impresionante por su ritmo, está repleta de movimientos rápidos de cámara (sello del estilo de Chazelle), que en ocasiones marean un poco pero que se sumergen en el día a día de muchos aspirantes al éxito. 'Another day of sun' es uno de los temas más pegadizos de la banda sonora de Justin Hurwitz y también uno de los más recurrentes. La secuencia contagia buen rollo y positivismo. Si hoy no lo consiguen, pueden intentarlo mañana. Deben hacerlo.

La película está llena de referencias visuales a otros clásicos del género, tanto americanos como franceses. Mia y Sebastian tontean y se enamoran bailando y cantando, como ya lo hacían Fred Astaire y Ginger Rogers; se cuelgan de farolas al más puro estilo de Gene Kelly cuando son felices. Pero también bailan entre nubes como en 'Moulin Rouge', o cantan a un amor que parece imposible como en 'Los paraguas de Cherburgo'. Esos guiños y detalles tanto en acciones como en decorados y coreográficas, resultan ser todo un acierto cinéfilo.

La repetición y la comparación de acciones, gestos y temas musicales son el recurso principal para mostrar la evolución de los personajes de Mia y Sebastian. Un claxon que suena más tiempo de la cuenta, una triste melodía que se convierte en el tema principal de su historia, escenas que se repiten con el paso del tiempo... 

Mia y Sebastian son dos soñadores y mientras tengan sueños, bailarán y cantarán. Mientras no se conformen con una vida corriente habrá luz y color en sus vidas. Los dos se desviven por una pasión, por una vocación que les llena. Parece que es la pasión por algo, que no la pasión por alguien la que les hace sentirse vivos. Los personajes maduran, y aprenden que los sueños conllevan sacrificios, y los aceptan.

Cuando los sueños se apagan y los personajes optan por la estabilidad la película se apaga un poco y pierde fuerza. Esa parte central es en la que el sueño de Sebastian se adultera y en la que Mia decide probar otros caminos. Se dan cuenta de que no pueden ceder en lo que quieren hacer, aunque eso no sea compatible con una vida juntos. Esa bajada de ritmo no dura mucho. Chazelle se guarda toda la artillería para el clímax final, mostrando lo que es y lo que pudo haber sido de una manera tan emotiva y elegante que es difícil no emocionarse ante ese momento. 

Un bar. Como si fuera el 'Rick's cafe' de 'Casablanca'. Suena una canción, son las primeras notas del tema de Mia y Sebastian. En ese momento los recuerdos parecen estar más vivos que nunca. Mia y Sebastian se convierten en el Rick e Ilsa de turno. Recuerdan su París, pero va más allá, porque también recuerdan sus sueños. Y esa secuencia se llena de luz y de magia dentro de un bar oscuro. La transición que da pie a esa escena resulta perfecta. ¿Son felices? Quizás no lo sean. Pero lo fueron durante un tiempo y eso quedará recogido en ese tema musical. 

Chazelle brinda por los soñadores y por aquellos que luchan por sus sueños, aceptando los sacrificios que esos conlleven. Aunque salgamos del cine tarareando y bailoteando las canciones de la película, 'La La land' no es una película alegre. Es una película agridulce y meláncolica, que deja un buen poso. Tiene sus altibajos, la ya mencionada parte central me parece su punto más flojo. 

Hay un momento en el que Mia le dice a Sebastian que a la gente, a los espectadores, le gusta ver a otras personajes hacer las cosas que les apasionan. Y así es. A Chazelle le apasiona el cine, la música y el jazz, y así lo traslada a la gran pantalla. Y nosotros disfrutamos y sufrimos con sus películas. Mención aparte para Ryan Gosling y Emma Stone, entre ellos surge una química magnífica y natural que hacen que su complicidad resulte cercana y creíble. 

'La la land', resumiendo, es un buen musical, meláncolico, una historia corriente pero única y especial que merece la pena disfrutar. 

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